Decidí conocerla hasta que se me agotaran las ganas.
Ella se mostraba reacia a mi interés por su persona, estaba encerrada en una casa de la que no podía, pero deseaba salir.
Tenía en su poder un miedo irracional hacia todo lo que la rodeaba, del que no se desprendía ni al acostarse, y con el que había entablado una frágil y marchita amistad.
Carecía de ojos, las experiencias vividas le habían arrebatado las ganas de observar el mundo, escuchaba pero no oía, siempre, lo que ella quería... y sus labios, permanecieron sellados según pasaba el tiempo de nuestro encuentro...
Acabé odiándola, y a su vez adorándola, transmitía una paz que jamás, había sentido con nadie, y con la cual, te acababa cautivando...
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